La Novadata del Siglo

Recientemente fuimos convocados al premio de periodismo La novatada del Siglo, iniciativa de la Asociación de base de la UPEC de Radio Ciudad del Mar, y  concurso inusual donde se nos pedía escribir sobre aquellos hechos o sucesos que en ocasiones ocurren durante el ejercicio de la profesión y que por pena u otra razón cualquiera no ven nunca la luz. Poco después conocí la noticia donde se dio a conocer que recibí el primer premio, como quiera que todos los periodistas hemos tenido nuestras novatadas hoy comparto uno de los trabajos del serial merecedor del estímulo.
Espero que les guste
Julián

Gracias, Señor
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Era una tarde muy calurosa. Paraguay es un país de grandes
contrastes, en verano las temperaturas ascienden a casi 40 grados y en invierno
permanecen muy cerca de cero.
Aquella sudorosa tarde, Lupe, la jefa de la misión
médica, Francisco, chofer paraguayo y yo, nos encontrábamos a más de 300 kilómetros de
Asunción, cuando recibimos una llamada telefónica, era el padre de Pancho que
nos invitaba a su cumpleaños y nos rogaba que cuando llegáramos a la capital
fuéramos directamente a su casa sin haber cenado.
Terminamos el trabajo pasadas las seis de la tarde y un poco
agotados tomamos raudos y veloces la carretera rumbo a Asunción. Cada uno
viajaba en silencio y en compañía de sus pensamientos,  yo confieso
no  saber lo que ocurría en las mentes de mis compañeros, pero en la mía
sólo había espacio para una mesa repleta de diferentes platos de asados,
dulces, vinos y algunas cervecitas frías.      
Con un hambre que nos permitiría comernos un toro entero,
llegamos  a casa de los padres de nuestro querido chofer aproximadamente a
las nueve y media de la noche. El anfitrión y cumpleañero nos esperaba en la
puerta, en el rostro se reflejaba que podía comerse él solo a la mujer del
toro.
Gentilmente nos invitó a pasar y sentarnos a la mesa. Él a
la cabeza, la esposa en la otra esquina, a un costado el chofer y una hermana,
a la otra la doctora, jefa de la misión y yo.
Ya es muy tarde para tanto protocolo –dijo- hoy en mi
cumpleaños y he querido compartirlo con ustedes, así que a comer.
No había terminado de decir aquellas palabras cuando como
por arte de magia apareció en mi mano derecha un tenedor y la arrastró sin que
yo pudiera o quisiera evitarlo hasta la bandeja que exhibía las grandes masas de
carne, no me pregunten de qué, porque a esa hora tampoco me interesaba.
El incontenible tenedor ya viajaba de regreso a más de 150 kilómetros por
hora hacia la boca cuando la voz del homenajeado me paralizó por completo y un
color rojo tomate coloreaba mi rostro.
– Pero antes, agradezcamos al Señor por esta cena.

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