UN LARGO VIAJE

Hace
un
https://i1.wp.com/www.lacoctelera.com/myfiles/reflexologiaparati/540915.jpgmes, más o menos, que realicé un  viaje en ómnibus, que se convirtió en
el más largo de mi vida, a pesar de que el trayecto no era grande.
Abordé
la guagua, me senté y comencé a leer cómodamente una revista como siempre hago
las pocas veces las pocas veces que logro abordar un ómnibus y, las menos aún,
que viajo cómodo.
Así
me encontraba cuando sentí deseos de hacer pipi –pienso que a cualquiera
pudiera ocurrirle-,  ¿Cómo? ¿Hacer qué? Pipi, caballero, orinar que es lo
mismo, pero para personas mayores.
Lo
que no sé es por qué sentí tanta pena hablar con el chofer y descender del
vehículo como cualquiera hubiera hecho. Pensé –tampoco sé por qué-, que todas
las miradas se posarían fijas en mí, por l
o que opté por continuar viaje hasta
el final del recorrido.
Graso
error. L
os segundos parecían minutos, minutos que se convirtieron en horas y
horas que fueron días. Se dan cuenta ahora de porque digo que fue un largo
viaje.
Al
fin llegué a mi destino con un dolor insoportable y que, seguramente, usted
podrá ya imaginar. Entonces, medio derecho, medio encorvado, apurado, pero sin
poder correr, busque afanosamente un baño público, de esos en donde que te
cobran para poder entrar  y en el que el mal olor y la suciedad provocan a
cualquier pagar mucho más para poder salir lo antes posible.
Encontré
dos, uno cerca del otro, pero estaban cerrados y con sendos letreros en sus
puertas, que con letras grandes de color rojo oscuro, decían: ROTO. No
me desanimé y seguí buscando dónde poder satisfacer mi necesidad. Dos o tres
cuadras más allá encontré otro baño, pero al igual que los anteriores un
letrero –no tan bonito y con falta de ortografí
a-, me impidió el paso: CERRADO.
El
dolor era cada
vez más intenso e insoportable, pero no podía hacer otra cosa
que seguir buscando y con la menor perdida de tiempo posible. Por fin encontré
uno abierto y sin letrero. Debía de pagar 20 centavos en moneda nacional.
  – 20
centavo
s –me dije-, a esta hora pago hasta 10 pesos.
Mis
manos buscaron los bolsillos con la velocidad de un rayo, pero… Caramba, no
tenía cartera, pues al parecer la había dejado en casa o extraviado durante el
trayecto. Pero hay más: Tampoco tenía bolsillos y mucho menos pantalón. Estaba
completamente desnudo y nadie se percataba. Fue en ese preciso momento en que
no pude soportar más los dolores y comencé a orinar allí
mismo, a las puertas
de aquel baño público. En ese instante llegó la policía, pero ya sentía un
alivio tremendo.
Mientras
era trasladado para la unidad más cercana seguía sin comprender aún por qué mi
esposa peleaba tanto conmigo y mucho menos que hacía ella sobre la cama, algo
mojadita y con cara d
e pocos amigos.

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