Carilda Oliver, la novia de Matanzas


Carilda Oliver Labra (Matanzas,
1922 ) ha tenido la suerte de vivir hasta hoy, y con ese privilegio, logró
también el de antalogar, en vida, su "aventura bien nacida", como
ella misma denomina su poesía.

Autora de títulos que sentaron
cátedra en la poesía hispanoamericana, Carilda hizo una selección personal
basada en las diferentes temáticas líricas que ha transitado su obra.

Así, la Patria y el amor, la vida
y la muerte, el sueño y la razón, siempre con el tono veraz que esta mujer
imprime a sus versos, se deslizan ante el lector en un acercamiento de ensueños
y verdades en esta imprescindible obra editada por Letras Cubanas este 2004.

Sus amores de hombre, de familia y
de Patria están en este poemario, en el que se percibe la depurada técnica del
soneto casi siempre empleada por Carilda como formato de sus versos.

Desde el más ignorado por el gran
público, como Madre mía que estás en una carta, hasta Me desordeno amor, me
desordeno, con el cual muchos identifican el clímax de su poesía erótica
aparecen en esta antología hecha a las prisas, como reconoció la poetisa
matancera, temerosa de que su selección quedara huérfana por omisión.

Lo que queda claro al leer este
poemario es que a Carilda no se le puede encuadrar bajo un determinado cliché.
Si bien es cierto que la poesía amorosa posee un amplio registro en su obra,
también otros títulos, como Los huesos alumbrados, dedicados a la Revolución
Cubana, demuestran que es una poetisa de difícil encasillamiento.

Debutante en la poesía desde la
adolescencia, abogada, profesora de inglés,

pintora, la artista matancera
escribió, entre otros destacados libros, Al sur de mi garganta (1949, Premio
Nacional de Poesía, 1950), Tu eres mañana (decimario, 1979), Las sílabas y el
tiempo, (1983), Sonetos, (1990) y Error de magia, (2000).

Ganadora del Premio Nacional de
Literatura en 1997, Carilda continúa en su
antigua casona de Tirry 81, en la capital
matancera, escribiendo su poesía en la madrugada, cuando sus gatos, que son
muchos, escalan las paredes, como preconizando la próxima llegada del sol a la
bahía.

Me desordeno,
amor, me desordeno

Me desordeno, amor, me
desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin querer, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.


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